Una página,
impulso del ego,
indecente forma
de materializar
lo nimio.
Suaves palabras
– malabras -,
des-aciertos.
En fin,
yo, lo etéreo.
Una página,
impulso del ego,
indecente forma
de materializar
lo nimio.
Suaves palabras
– malabras -,
des-aciertos.
En fin,
yo, lo etéreo.
Gracias…
Termino el año, estando vivo y viviendo
(de seguro comprendes la diferencia).
Llego a este día con amor y esperanza,
con una copa en la mano y una sonrisa;
acompañado de quienes cuentan para mí
y sabiéndome acogido, comprendido, amado.
Cuanto de bueno aconteció, permanecerá.
La ingratitud de quienes fingen olvido,
y el desdén que recibo de quienes serví
dejo de lado, me rehúso a la amargura.
Si acaso nos cruzamos a la vuelta,
siempre, si así lo quieres, recibirás mi abrazo,
mi afecto, mi capacidad de escucha, mi mano:
soy sólo un humano consciente que ama, que sueña, que confía y que vive en gratitud.
Soy padre, papá, papi / madre, mamá, mami; quizá inicialmente no fue ese mi deseo, quizá no en el momento que sucedió, pero lo asumí con coraje, sabiendo que era mi reto, y no podía delegarlo a otra persona: fui yo a quien la vida escogió para cuidar, criar, educar, amar y disfrutar a mi hijo/a y nunca he creído que esté suficientemente preparado/a para hacerlo del modo mejor, sencillamente lo hago, con lo que soy y con lo que tengo, buscando no equivocarme, consciente de mis falencias y de lo difícil que puede resultar el ser responsable de otra vida, mi anhelo es lograr que mi hijo/a sea mejor que yo: más humano/a, mejor ciudadano/a y a la postre, algún día, también un mejor padre o una mejor madre de lo que fui yo para él/ella.
Cuando lo/la vi por primera vez, supe cuán perfecta es la naturaleza, que reúne en una criatura frágil y pequeña toda la hermosura del universo junto a los rasgos –adquiridos por razones genéticas o por amorosa imitación-, de quienes le garantizarán un sano crecimiento:
¡Cuánto poder se nos confía a los padres! Si fuéramos suficientemente conscientes de ello, no lo desperdiciaríamos en malos tratos, gritería paranoica y órdenes absurdas, consagraríamos cada segundo compartido con nuestro/a hijo/a, a amarlo/a, a adiestrarlo/a para la vida, a escuchar su corazón emocionado junto a sus palabras tiernas, no perderíamos de vista sus pequeños y grandes logros, ni la magia que emana de su sonrisa.
Hoy me alegro por haber descubierto que todo cuanto hago por él/ella, sólo tiene sentido si lo disfruta, si lo hace más feliz, si con ello me percibe más cercano/a, más papá/mamá.
No hay pérdida en el ser padre/madre, no hay fatiga que no valga la pena por un/una hijo/a, no importa si con sus “hazañas” desbarata el perfecto orden de mi limitada mente de adulto, pues cada inesperado incidente que ocasiona, puede ser la semilla de su poderosa capacidad de creación, o por lo menos la manifestación de que está vivo/a y enfrenta con arrojo el mundo.
Hoy me siento parte activa del cosmos, y del plan divino por renovar el orbe y hacerlo más adecuado para las generaciones venideras; mi tarea es legar lo mejor de mí a mi hijo/a, siendo responsable de mi propio camino de perfeccionamiento, para que mi aporte a la humanidad sea vivir como un ser pleno de gozo, gestor de paz y reconciliación, promotor de equidad y justicia y lograr que mi hijo/a también lo sea. Y que las tiernas manitas que un día se aferraron a mí, delicadas y suaves, sigan abrazándome con devoción y “abrasando” al mundo con infinito y poderoso AMOR.
No es claro aún para mí, que la muerte del «otro» pueda ser motivo de celebración, ni siquiera cuando se le considera como enemigo. Si bien la historia del género humano es también la historia de la lucha de poderes y de temores justificantes de la barbarie, y que dan un tinte de salvajismo al hombre y a la mujer, incluso cuando se presuma su superioridad racional frente a las demás criaturas, no es esto obstáculo para seguir creyendo que la muerte propiciada por mano «humana», carece de toda justificación natural. Nuestra esencia también implica la lucha por la supervivencia, pero no al estilo de las otras bestias, sino por cuenta de nuestra inteligencia humana, la misma que nos ha llevado a soñar con conquistar el universo, a la vez que nos mueve a creer en ensoñaciones como el amor y la esperanza.
La muerte del «otro» no puede considerarse una victoria, cuando nos tiñe las manos de sangre y nos ensucia la conciencia con las esquirlas del odio hacia ese «otro» al que gozamos con ver reducido, al que desalojamos del escenario de la vida creyéndonos jueces dignos de emitir condena y ejecutarla despiadadamente con nuestras propias manos: ¡qué soberbia tan ingenua la de nuestras absurdas convicciones».
Por mi parte, cual desquiciado en un mundo de perfectos y enceguecedores errores, seguiré creyendo en el poder de la vida que se multiplica a sí misma, aun sin el concierto de los seres humanos; la vida a la que la muerte no le asusta cuando la reconoce como hermana, pues sabe que, aunque llega sin ser esperada, es siempre bienvenida; la vida que repudia el terror y no acepta las obras del mal que genera el ser humano. Seguiré enseñando que, sin ser perfecto, soy fruto de un amor que sigue creciendo y transformando mi vida y que me hace amar a todos los seres, incluso a ese «otro» al que los poderosos odian y enseñan a los sencillos a odiarlo, para que los que me rodean se sientan también especiales como yo y no se rindan ante la triste angustia que crece en nuestra época.
Si de algo te sirve alguna de mis palabras, aprópiatela, compártela y hazla volver a mí, llena de nuevos sentidos.
Te envío un abrazo virtual en garantía, de aquél que te daré cuando los pueblos se reúnan para celebrar la vida y el fin de la muerte bárbara, que es también el fin del conflicto…